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22 de octubre de 2026 IVAN

Gina Diez Barroso y el valor de convertir la creatividad en infraestructura

El talento creativo suele imaginarse como algo individual: una persona con una idea, una obra o una visión. Gina Diez Barroso construyó buena parte de su trayectoria alrededor de una pregunta distinta: ¿qué instituciones, espacios y redes necesita una sociedad para que ese talento pueda desarrollarse? Su historia empresarial y educativa recuerda que una de las formas más poderosas de crear valor consiste en construir plataformas para que otros puedan crear.

Gina Diez Barroso pertenece a una familia mexicana profundamente vinculada con los medios, la cultura y los negocios. Sin embargo, su trayectoria se ha desarrollado con una identidad propia alrededor de las industrias creativas, el arte, la educación y el diseño. Ha participado en proyectos cinematográficos y culturales, y es especialmente reconocida por haber impulsado Centro, institución universitaria en Ciudad de México dedicada a carreras creativas, así como iniciativas de innovación y emprendimiento vinculadas con la economía creativa.

Lo que me resulta especialmente interesante no es únicamente que haya invertido en creatividad. Es que entendió que la creatividad necesita estructura.

Existe cierta imagen romántica según la cual el talento aparece espontáneamente y solamente necesita libertad. En realidad, cualquier persona creativa que quiera transformar una idea en una empresa necesita herramientas, disciplina, administración, acceso a tecnología, mentores, redes y clientes. Sin todo eso, una buena idea puede quedarse permanentemente en intención.

Después de más de cuarenta años dirigiendo empresas, he aprendido que el talento es solamente una parte de la ecuación. Una persona extraordinariamente capaz puede producir poco dentro de un sistema deficiente, mientras alguien con buenas capacidades y una estructura adecuada puede multiplicar enormemente su impacto. Esto aplica a diseñadores, pero también a ingenieros, vendedores, maestros y administradores.

Por eso considero tan importante la infraestructura institucional. Cuando fundamos una empresa pensamos naturalmente en oficinas, maquinaria y capital. Pero también estamos construyendo un entorno donde determinadas personas podrán aprender, colaborar y tomar decisiones. La calidad de ese entorno termina siendo una ventaja competitiva.

Diez Barroso ha defendido durante años la importancia económica de las industrias creativas. Diseño, cine, arquitectura, moda, animación, publicidad y medios no son actividades decorativas alrededor de la economía; forman cadenas que generan empleos, propiedad intelectual y productos exportables. México posee una enorme riqueza cultural, pero convertirla en industrias sostenibles exige profesionalización.

Encuentro aquí una lección para cualquier región. La economía no se desarrolla únicamente atrayendo fábricas o construyendo infraestructura física. También necesita formar capacidades humanas que permitan crear empresas con mayor valor agregado.

Para una ciudad como Cancún, por ejemplo, esto resulta especialmente relevante. El turismo produce enormes oportunidades, pero una economía demasiado concentrada en un solo sector se vuelve vulnerable. Desarrollar educación, tecnología, diseño, producción audiovisual y servicios especializados puede ampliar la base de talento y crear empresas que no dependan directamente de una habitación hotelera.

La diversificación económica comienza muchas veces en las aulas.

Centro fue concebido precisamente como una institución especializada en disciplinas creativas con fuerte conexión con la práctica profesional. Esa relación entre educación y empresa me parece fundamental. Las universidades pueden enseñar teoría extraordinaria, pero el alumno necesita aprender también a presupuestar, presentar una idea, negociar, cumplir plazos y comprender al cliente.

He visto personas técnicamente brillantes fracasar porque nunca aprendieron a administrar. También he visto administradores excelentes incapaces de crear algo nuevo porque su formación les enseñó únicamente a optimizar lo existente. Las organizaciones más poderosas necesitan ambos perfiles.

La creatividad y la disciplina no son opuestas.

Una gran idea necesita ejecución.

Este principio también es profundamente relevante dentro de las familias empresarias. Cuando una nueva generación llega con intereses diferentes, la reacción natural puede ser intentar llevarla hacia los negocios tradicionales. Algunas veces es lo correcto; otras veces podemos estar desperdiciando precisamente la oportunidad de abrir una nueva capacidad para el patrimonio familiar.

No todos nuestros hijos tienen que interesarse por lo mismo que nosotros.

Lo importante es que aprendan a convertir su interés en una actividad seria, con modelos económicos, responsabilidad y resultados. Un proyecto creativo puede ser tan empresarial como una fábrica si entiende su mercado y administra correctamente sus recursos.

Creo que una de nuestras responsabilidades como padres empresarios consiste en distinguir entre apoyar una vocación y financiar indefinidamente un pasatiempo. El apoyo verdadero incluye exigencia. Si un hijo quiere emprender en arte, tecnología, gastronomía o cualquier actividad diferente, conviene pedirle la misma disciplina que exigiríamos en nuestro sector: estudio de mercado, presupuesto, metas y rendición de cuentas.

La libertad produce mejores resultados cuando está acompañada de responsabilidad.

Gina Diez Barroso también ha participado en organizaciones y redes internacionales relacionadas con arte, educación y emprendimiento. Ese tipo de conexiones recuerda que, en sectores creativos, las relaciones pueden convertirse en una forma esencial de infraestructura. Un artista necesita llegar a galerías; un productor a distribuidores; un diseñador a marcas y clientes. La red no sustituye al talento, pero puede impedir que el talento permanezca invisible.

En los negocios tradicionales sucede exactamente lo mismo. Las relaciones de largo plazo abren oportunidades, reducen incertidumbre y permiten aprender de personas que ya recorrieron caminos semejantes.

Siempre he considerado que debemos enseñar a las nuevas generaciones a construir relaciones antes de necesitarlas. Una red formada únicamente para pedir favores suele ser frágil. La relación que se construye compartiendo conocimiento, cumpliendo compromisos y ayudando a otros puede durar décadas.

También me interesa la idea de que la inversión en creatividad puede producir patrimonio intangible. En muchas empresas, los activos más valiosos ya no son físicos. Una marca, una metodología, una biblioteca de contenidos o una comunidad pueden representar enorme valor aunque no se vean como un edificio.

Los empresarios acostumbrados a los activos tangibles debemos aprender a evaluar ese mundo sin abandonar la prudencia. Lo intangible no significa imaginario. Significa que necesitamos otras maneras de medir su capacidad para producir ingresos, lealtad o propiedad intelectual.

Esto es particularmente importante conforme las nuevas generaciones participan en actividades digitales. No todo proyecto que carece de maquinaria es ligero en riesgo. Puede consumir enormes cantidades de capital y atención. De la misma manera, una empresa digital bien construida puede producir rendimientos extraordinarios sin poseer activos físicos equivalentes.

El criterio sigue siendo el mismo: entender cómo se crea valor.

Diez Barroso representa además una forma de emprendimiento donde la contribución social y la actividad empresarial se cruzan. Construir una institución educativa puede generar ingresos, pero también forma personas que posteriormente transforman otras organizaciones. Ese efecto multiplicador me parece una de las características más poderosas de la educación.

Después de más de cuatro décadas en los negocios, cada vez pienso más en el legado como capacidad instalada en otras personas. Los edificios pueden venderse y las empresas pueden cambiar de propietarios, pero aquello que una persona aprendió puede acompañarla durante toda su vida.

Por eso invertir en educación, dentro o fuera de nuestras empresas, nunca debería considerarse únicamente un gasto.

La historia de Gina Diez Barroso me deja finalmente una reflexión sobre el significado de construir. Quienes venimos de sectores tradicionales solemos pensar en construcción como algo físico. Sin embargo, también se construyen ecosistemas, instituciones y oportunidades.

Algunas personas levantan edificios.

Otras construyen lugares donde las ideas pueden convertirse en profesiones, compañías y obras que todavía no existen.

Ambas formas de construcción necesitan visión, capital y paciencia.

Y quizá la segunda tenga un efecto todavía más difícil de medir, porque continúa creciendo dentro de quienes pasaron por ella.

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