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5 de noviembre de 2026 IVAN

The CEO Next Door: los grandes directores no siempre se parecen al estereotipo del genio carismático

Durante mucho tiempo construimos una imagen del director general como una persona extraordinariamente carismática, visionaria y capaz de tener respuestas para todo. Elena Botelho y Kim Powell cuestionan esa imagen en The CEO Next Door a partir del análisis de una amplia base de evaluaciones ejecutivas. Su conclusión resulta alentadora y al mismo tiempo exigente: muchos de los mejores líderes no sobresalen por parecer excepcionales a primera vista, sino por desarrollar comportamientos consistentes para decidir, adaptarse, cumplir y construir relaciones donde las personas saben qué pueden esperar de ellos.

The CEO Next Door surgió del trabajo de Elena Botelho y Kim Powell con información acumulada sobre ejecutivos evaluados a lo largo de años. El libro cuestiona varios mitos alrededor del liderazgo corporativo y muestra que los directores efectivos no necesariamente poseen una personalidad deslumbrante, títulos académicos excepcionales ni una trayectoria libre de errores. Lo que aparece con mayor regularidad son determinados comportamientos que pueden desarrollarse mediante práctica y experiencia.

Esta conclusión me parece particularmente importante porque modifica la manera en que identificamos talento. Las organizaciones pueden sentirse atraídas por personas capaces de hablar extraordinariamente bien, presentar una visión convincente y producir una gran impresión durante una entrevista. Esas características pueden ser valiosas, pero no garantizan capacidad para ejecutar durante años.

Después de más de cuarenta años dirigiendo empresas, encuentro que la confiabilidad termina teniendo muchísimo más peso de lo que parece. Un ejecutivo que cumple consistentemente aquello que promete, comunica dificultades a tiempo y toma decisiones aunque no disponga de información perfecta puede producir un valor enorme.

La espectacularidad llama la atención; la consistencia construye instituciones.

Uno de los comportamientos destacados por las autoras es la capacidad para decidir con velocidad razonable. Los buenos directores no necesariamente aciertan siempre, pero comprenden que postergar indefinidamente una decisión también tiene consecuencias.

Esto resulta especialmente relevante en entornos inciertos. Esperar información perfecta puede parecer prudente cuando en realidad solamente estamos retrasando la responsabilidad.

La clave está en distinguir qué decisiones admiten corrección y cuáles requieren un análisis mucho más profundo porque son difíciles de revertir. Una contratación puede corregirse, aunque tenga costo; una adquisición de gran escala o un endeudamiento significativo merece naturalmente mayor estudio.

El buen director desarrolla sensibilidad para esa diferencia y ajusta la velocidad en consecuencia.

Otro comportamiento importante es la capacidad para relacionarse con diferentes grupos sin confundir empatía con necesidad de agradar. Un director general trabaja con accionistas, empleados, clientes, proveedores y consejeros cuyos intereses no siempre coinciden.

Su responsabilidad consiste en escuchar suficiente para comprenderlos y después tomar una decisión que proteja el resultado general, incluso cuando algunas personas no estén completamente satisfechas.

Este punto me parece especialmente relevante para una empresa familiar. Cuando familia, propiedad y operación se encuentran conectadas, cualquier decisión puede tener consecuencias en varios niveles al mismo tiempo.

El director necesita separar aquello que conviene a la empresa de aquello que resulta cómodo para una persona particular. Si cada desacuerdo empresarial amenaza con convertirse en un problema familiar, será muy difícil profesionalizar.

Por eso el gobierno corporativo adquiere valor. Define espacios donde determinadas conversaciones pueden ocurrir con reglas claras y evita que absolutamente todo se resuelva mediante relaciones personales.

The CEO Next Door también enfatiza la capacidad de adaptación. Ningún director puede construir su carrera suponiendo que aquello que funcionó en una etapa continuará siendo suficiente durante veinte años.

Adaptarse no significa cambiar de opinión cada semana, sino revisar nuestras premisas cuando aparece información nueva. Existe una diferencia enorme entre consistencia y terquedad.

He aprendido que los empresarios podemos enamorarnos de nuestra experiencia porque nos costó mucho adquirirla. El problema surge cuando utilizamos aquello que aprendimos para negar realidades que todavía no existían cuando adquirimos ese conocimiento.

Un buen líder conserva principios mientras actualiza sus métodos.

Este equilibrio será particularmente importante entre generaciones. Los hijos no deberían rechazar automáticamente todo lo que hicieron sus padres en nombre de modernizar, pero tampoco pueden sentirse obligados a conservar cada procedimiento por respeto.

La experiencia de una generación y la perspectiva de otra pueden convertirse en una combinación extraordinariamente poderosa cuando ninguna intenta demostrar que posee toda la verdad.

Otro comportamiento identificado en el libro es la confiabilidad para entregar resultados. Esto parece obvio, pero implica algo más profundo que cumplir metas. Significa crear sistemas donde las personas sepan qué se espera, los problemas puedan anticiparse y los compromisos tengan seguimiento.

El director general no necesita ejecutar personalmente todas las tareas, pero sí construir una organización donde el resultado no dependa exclusivamente de improvisaciones heroicas.

Esta idea conecta directamente con la institucionalización. El ejecutivo verdaderamente eficaz no busca demostrar permanentemente que es indispensable. Construye equipos capaces de operar correctamente incluso cuando él no interviene.

Para un fundador, esta transición puede resultar emocionalmente difícil porque durante años la empresa dependió de su presencia. Llegar al punto donde otros pueden resolver correctamente debería entenderse como una victoria, no como una pérdida de importancia.

La función del líder simplemente se desplaza hacia problemas de mayor horizonte.

Las autoras también cuestionan la idea de que un camino profesional perfecto sea requisito para llegar a la máxima responsabilidad. Muchos ejecutivos atravesaron errores, cambios inesperados o experiencias que inicialmente parecían retrocesos.

Esto resulta valioso porque la adversidad puede desarrollar habilidades que ningún programa académico enseña completamente. Haber enfrentado una crisis, despedido a alguien, perdido un cliente importante o corregido una inversión equivocada transforma la manera de decidir.

No considero que debamos provocar dificultades para formar líderes, pero sí evitar una cultura donde cualquier error sea interpretado como una descalificación permanente.

Si queremos desarrollar directivos, necesitamos permitirles asumir decisiones reales y experimentar consecuencias proporcionadas al nivel de responsabilidad que pueden manejar.

Esto es especialmente importante para los hijos dentro de empresas familiares. Protegerlos de todo error puede parecer una forma de cuidado, pero termina privándolos precisamente de las experiencias que necesitarán cuando administren un patrimonio mayor.

Es preferible que aprendan a equivocarse sobre un proyecto limitado mientras todavía existe acompañamiento que descubrir por primera vez el costo de una mala decisión cuando ya tienen bajo su responsabilidad toda la organización.

Después de más de cuatro décadas de actividad empresarial, cada vez valoro más a las personas que hacen bien aquello que puede parecer poco espectacular: llegan preparadas, escuchan, deciden, cumplen y reconocen rápidamente cuando algo necesita corregirse. Esas conductas no producen necesariamente grandes historias en redes sociales, pero construyen organizaciones confiables.

El liderazgo empresarial se ha convertido algunas veces en una industria de personalidades. Admiramos discursos y buscamos fórmulas universales en personas famosas. The CEO Next Door recuerda que dirigir bien puede ser mucho más cotidiano y disciplinado.

Un gran director no necesita ser la persona más brillante de cada habitación. Necesita conseguir que la organización utilice correctamente la inteligencia de todas las personas que están dentro de ella.

Esa diferencia me parece fundamental cuando pensamos en continuidad generacional. La siguiente etapa de una empresa no necesita necesariamente otro fundador idéntico al primero. Puede necesitar un perfil completamente diferente, capaz de institucionalizar, consolidar y administrar aquello que la etapa anterior construyó.

Elegir al sucesor correcto, familiar o profesional, exige observar menos la semejanza con nosotros y mucho más la capacidad real para asumir las responsabilidades que el futuro de la empresa necesitará.

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