La carta que no vas a enviar
“Escribe todo lo que callaste. No enviarlo también es sanar.”
Son las once de la noche y tienes la frase perfecta en la cabeza. Lo que no le dijiste cuando se fue, lo que te tragaste para no pelear, el «gracias» y el «¿por qué?» revueltos en el mismo nudo.
Y no sabes qué hacer con todo eso. Mandárselo te da miedo; guardarlo te está pesando. Así que lo repasas en silencio, una y otra vez, como si ensayaras una conversación que no va a pasar.
No estás loca ni loco por seguir hablándole por dentro. Las palabras que no salen se quedan buscando salida, y lo que necesitan no es su respuesta: es un lugar donde caer.
Agarra una hoja, o una nota en el celular que no esté en su chat, y escríbelo todo. Sin cuidar la letra, sin cuidar sus sentimientos, sin pensar si suena bonito. Llora si hace falta.
Cuando termines, no la envíes. Dóblala, guárdala o rómpela. Esa carta nunca fue para que la leyera: fue para que tú, por fin, dejaras de cargarla.