Sonríes para que nadie pregunte
“Dejar de fingir que estás bien también es empezar a sanar.”
En el trabajo te ríes de los chistes, contestas «todo bien» cuando te preguntan y hasta subes una historia para que se vea que sigues igual. Luego llegas a casa, cierras la puerta y se te cae la sonrisa de golpe.
Fingir cansa más que llorar. Pasas el día cuidando que nadie note lo que te pasa, y en la noche ya no te queda energía ni para ti.
No lo haces por mentir. Lo haces porque te da pena seguir triste, porque sientes que ya deberías haberlo superado o porque no quieres que nadie te vea así. Pero lo que sientes no tiene fecha de caducidad ni necesita permiso.
No tienes que contárselo a todo el mundo. Basta con una persona de confianza a la que le puedas decir la verdad: «no estoy bien, pero estoy en eso».
Ese día, cuando por fin lo digas en voz alta, vas a sentir que se te quita un peso de encima. Ahí empieza lo de verdad: sanar sin tener que actuar.