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Salud mental, los efectos invisibles del COVID-19

Salud mental, los efectos invisibles del COVID-19

5 de junio de 2021 Nexus

La salud mental debe comenzar a tratarse como una verdadera prioridad, lo que es retador pero no imposible en el contexto actual, causado por el COVID–19.

Hemos ya escuchado, leído y comentado incontables noticias e información de toda índole alrededor del COVID-19: afecciones físicas; el impacto socioeconómico y político a nivel global; el cambio en el modelo de vida - individual, así como colectivamente -; y, claro, sobre el golpe a la salud mental de las personas.

Se recomienda cuidar nuestro bienestar emocional, ejercitarse, alejarse de las redes sociales pero, para ser duros, aunque sinceros, únicamente se dan consejos superficiales (o peor aún, confusos); nada diferente a como se le trataba previamente, algo poco vital, un nice-to-have, casi un capricho que solo aquellos con suficiente tiempo, dinero o privilegio pueden lograr.

Esto se vuelve particularmente retador en el contexto actual y nos afecta a todos. La incertidumbre suele generar desequilibrio – pequeño o significativo, dependerá de una cantidad de variables relacionadas con las circunstancias de cada individuo –, además, a esta ecuación debemos agregarle el aislamiento, el cambio de rutina, prácticamente de la noche a la mañana, que suprimió muchas de las actividades recreativas que ayudan a ese balance; y, finalmente, que al ser una situación global no existe manera de escapar de ello.

Esto es, y ha sido, suficiente para generar ansiedad en millones de individuos y ha significado un desafío psicológico inmenso, especialmente para aquellos que ya padecen – lo sepan o no – una afección relacionada con la salud mental. Pongámonos por un segundo en los zapatos de alguien con un desorden obsesivo-compulsivo, muchos de sus síntomas van a ser catalizados de manera desproporcionada por pensamientos acerca de la infectividad del virus, la contaminación o carga viral en las cosas con las que tiene contacto; solo por mencionar los más obvios.

Para sorpresa de nadie, los síntomas de las personas con desórdenes mentales se dispararon. Algo similar pudo ocurrir durante la epidemia de VIH/SIDA en los años 80 o en 2009 por la pandemia del virus A1H1, en el que muchos individuos, sin historial de afecciones psiquiátricos, desarrollaron comportamientos obsesivo-compulsivos causado por exponerse al bombardeo de campañas de salud, creando un círculo vicioso al querer enterarse mejor con el fin de prevenir pero volcando casi toda su atención al tema. La actual crisis por COVID-19 puede estar generando efectos similares aunque más acentuados debido al impacto y a la duración, aunado a lo previamente comentado.

No se trata de ignorar a los medios, la información o evitar las conversaciones. Prevenir daños a largo plazo y minimizar los síntomas inmediatos es posible si se afronta de manera estratégica con un buen proceso de adaptación que, sin duda alguna, requiere de profesionales de la salud; para ello, el ambiente más propicio es el laboral, ya que un alto porcentaje de la población es económicamente activa.
Las empresas no deberían sentir esta responsabilidad como una carga, por el contrario, es activamente debe interesarles pues, además de tener la posibilidad de realizar algo intrínsecamente humanitario, ofrece un beneficio práctico: colaboradores integralmente sanos ofrecen una mayor productividad y un mejor desempeño. Es sin duda un ganar-ganar para todos.

La salud mental debe dejar de tratarse como algo con lo que es afortunado gozar, es una necesidad tomarla en cuenta. Poco a poco se brinda más atención a esta, lo que nos indica que vamos por buen camino para lograr un verdadero bienestar.

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