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5 de noviembre de 2026 IVAN

Li Ka-shing: el adolescente refugiado que dejó la escuela para mantener a su familia

Li Ka-shing tenía apenas doce años cuando la guerra obligó a su familia a abandonar su ciudad natal en China y refugiarse en Hong Kong. Poco después su padre enfermó de tuberculosis y murió, dejando a un adolescente con la responsabilidad de contribuir al sostenimiento familiar. Antes de cumplir quince años había dejado la escuela y trabajaba largas jornadas en una empresa relacionada con plásticos. Su trayectoria posterior sería extraordinaria, pero sus años formativos contienen una lección mucho más cercana: algunas personas conocen demasiado pronto el peso de una responsabilidad que no eligieron y descubren que trabajar deja de ser solamente una obligación personal para convertirse en una forma de proteger a quienes dependen de ellas.

Li Ka-shing nació en 1928 en Chiu Chow, en el sureste de China. De acuerdo con la biografía corporativa de CK Hutchison, la guerra obligó a su familia a huir hacia Hong Kong cuando él tenía alrededor de doce años. Poco después su padre enfermó de tuberculosis y murió, y antes de que Li cumpliera quince años tuvo que asumir parte importante de la responsabilidad económica familiar. Dejó la escuela y consiguió trabajo en una compañía vinculada con productos plásticos, donde trabajaba jornadas extremadamente largas.

Resulta imposible analizar una historia semejante sin reconocer primero su dureza. Abandonar estudios por necesidad no es una ventaja y perder al padre durante la adolescencia no debería convertirse en una pieza decorativa dentro de una narrativa de éxito. Son experiencias dolorosas que limitan posibilidades. Lo extraordinario está en la capacidad posterior para construir a partir de aquello disponible, no en pretender que la dificultad fuera deseable.

Después de más de cuarenta años dirigiendo empresas, considero importante insistir en esta diferencia porque muchas historias empresariales han terminado romantizando la adversidad. Nuestros hijos no necesitan sufrir aquello que nosotros sufrimos para aprender responsabilidad. Si tenemos capacidad para proporcionarles educación y estabilidad debemos hacerlo. El verdadero desafío está en evitar que esa protección elimine completamente la conciencia de que los recursos tienen un origen y que otras personas dependen de nuestras decisiones.

En el caso de Li, la responsabilidad llegó demasiado temprano y estaba vinculada directamente con la supervivencia familiar. Trabajar dieciséis horas diarias, como señala la propia historia corporativa, no era una metodología de productividad, sino una consecuencia de las circunstancias. Esta intensidad muestra por qué debemos distinguir entre admirar la resistencia y recomendar literalmente la misma vida.

Una empresa familiar sana debería aspirar a que la siguiente generación no tenga que reconstruir desde cero, porque precisamente para eso existe el patrimonio. Nuestro trabajo consiste en dejar una base más sólida. Sin embargo, esa mejora material debe acompañarse de formación suficiente para que quien recibe no pierda contacto con la realidad que permitió construirla.

La juventud de Li también muestra cómo el trabajo puede convertirse en una escuela cuando no existe otra alternativa educativa disponible. En una empresa de plásticos tuvo contacto con producción, comercio y clientes, y comenzó a desarrollar conocimiento práctico de una industria que posteriormente conocería profundamente. No estaba siguiendo un plan académico diseñado para convertirlo en empresario; estaba aprendiendo porque necesitaba desempeñar correctamente aquello que hacía.

Esto recuerda que la experiencia práctica puede producir conocimientos extraordinarios, aunque no sustituya el valor de una buena educación formal. Las mejores trayectorias suelen combinar ambas dimensiones cuando existe posibilidad: teoría suficiente para comprender sistemas y experiencia suficiente para reconocer cómo se comportan en la realidad.

Para los hijos dentro de grupos empresariales considero que la práctica debería comenzar antes de ocupar posiciones directivas. No basta con terminar una carrera y recibir una oficina. Necesitan conocer cómo gana dinero la empresa, qué clientes realmente sostienen el negocio, cómo se negocia con proveedores y qué sucede cuando aparece una dificultad de caja.

La propiedad sin comprensión puede producir decisiones peligrosas.

Otra dimensión importante de los primeros años de Li es la migración. La familia perdió el entorno conocido y tuvo que comenzar de nuevo en Hong Kong bajo condiciones difíciles. Esta experiencia enseña de manera brutal que aquello que parece estable puede cambiar completamente por circunstancias externas.

En los negocios conviene mantener una versión mucho menos dramática de esa conciencia. Ninguna industria es inmune a cambios tecnológicos, regulatorios o económicos. El hecho de que una actividad haya producido riqueza durante treinta años no garantiza que lo hará durante los siguientes treinta.

Por eso la prudencia patrimonial necesita reservas, diversificación y capacidad para adaptarse.

Las personas que han vivido pérdidas profundas pueden desarrollar una relación distinta con el riesgo. Sin embargo, también pueden volverse excesivamente conservadoras. La experiencia por sí sola no proporciona automáticamente el equilibrio correcto. Necesitamos convertirla en criterio.

La mejor lección no consiste en evitar cualquier riesgo porque alguna vez sufrimos una pérdida, sino en construir estructuras donde un riesgo razonable no pueda destruir todo.

Esto resulta especialmente relevante para familias empresarias que pasan desde una primera generación concentrada hacia una etapa donde existe patrimonio significativo. El fundador quizá necesitó apostar prácticamente todo para crear. La siguiente generación no necesariamente debería repetir el mismo nivel de concentración.

El objetivo cambia desde construir riqueza hacia construir continuidad.

También considero que una historia como la de Li Ka-shing debería producir respeto hacia las personas que trabajan por necesidad, no solamente admiración por quien posteriormente consiguió grandes resultados. Millones de jóvenes han tenido que abandonar estudios para sostener a sus familias y no todos encontrarán una oportunidad extraordinaria después.

Como empresarios podemos influir sobre ese problema mediante capacitación, becas, movilidad interna y oportunidades donde el desempeño permita crecer.

Una empresa puede convertirse en una segunda escuela para personas que no tuvieron acceso al camino educativo ideal. Cuando ocurre, la organización no solamente obtiene talento; amplía posibilidades humanas.

Después de más de cuatro décadas en construcción industrial, he conocido personas cuya formación práctica supera ampliamente aquello que un currículum permitiría imaginar. Aprendieron en obra, resolviendo problemas y trabajando junto a personas experimentadas.

La responsabilidad de la dirección consiste en reconocer ese conocimiento y crear caminos donde pueda transformarse en mayor responsabilidad.

La historia temprana de Li Ka-shing representa una versión extrema de adaptación. Un niño refugiado se convirtió rápidamente en trabajador porque su familia lo necesitaba. No necesitamos repetir esas condiciones para aprender de ellas.

Podemos transmitir a nuestros hijos una idea mucho más sana: el patrimonio que reciben existe porque varias generaciones asumieron responsabilidades y el privilegio de contar con él también crea obligaciones hacia quienes dependerán de sus decisiones.

Esa conciencia puede convertirse en una forma de gratitud activa. No culpa por haber recibido mejores condiciones, sino compromiso por utilizar correctamente aquello que otros no tuvieron.

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