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5 de noviembre de 2026 IVAN

Elon Musk antes de Tesla: libros, computadoras y la necesidad de buscar otro horizonte

Mucho antes de los automóviles eléctricos, los cohetes o cualquiera de las empresas con las que hoy se relaciona su nombre, Elon Musk fue un niño profundamente inclinado hacia la lectura, las computadoras y mundos que encontraba principalmente en los libros. Su madre ha recordado que podía desaparecer dentro de una librería y pasar horas completamente concentrado, mientras él mismo aprendió programación siendo muy joven y vendió el código de un pequeño videojuego cuando tenía alrededor de doce años. Sus años formativos no explican por sí solos todo aquello que vendría después, pero muestran cómo una curiosidad casi obsesiva, el aislamiento y la voluntad de cambiar de entorno pueden terminar moldeando una relación particular con el riesgo y el aprendizaje.

Elon Musk nació en Pretoria, Sudáfrica, en 1971 y desde muy pequeño desarrolló una relación intensa con la lectura. Su madre, Maye Musk, ha relatado que leía prácticamente todo aquello que encontraba y que llegó a memorizar cantidades sorprendentes de información procedente de enciclopedias. En un perfil de Forbes recordó que, cuando salía con sus hijos y Elon desaparecía, con frecuencia lo encontraba sentado en el suelo de alguna librería completamente absorbido por un libro. Familiares suyos también han descrito una infancia en la que su tendencia a corregir datos y expresarse con enorme franqueza no siempre facilitaba su relación con otros niños.

No me interesa utilizar estos detalles para construir la leyenda retrospectiva de un “genio destinado” desde niño. Muchas personas leen enormemente y no construyen empresas tecnológicas, del mismo modo que incontables niños interesados en computadoras terminan eligiendo caminos muy distintos. Lo verdaderamente interesante está en observar el comportamiento: una capacidad poco común para permanecer durante mucho tiempo concentrado en aquello que despertaba su curiosidad y para convertir información adquirida por cuenta propia en una habilidad concreta.

Musk comenzó a interesarse en programación siendo todavía niño y aprendió suficiente como para desarrollar un pequeño videojuego llamado Blastar, cuyo código vendió a una publicación especializada por unos quinientos dólares cuando tenía aproximadamente doce años. Años después, antes de cumplir los dieciocho, dejó Sudáfrica y se trasladó a Canadá, donde realizó distintos trabajos antes de continuar sus estudios universitarios.

La parte de esta historia que más me interesa desde la perspectiva empresarial no es la cantidad obtenida por aquel programa, sino la secuencia completa. Primero aparece curiosidad; después aprendizaje autónomo; posteriormente una creación y finalmente alguien dispuesto a pagar por ella. En una escala diminuta ya existe allí una de las dinámicas esenciales de cualquier empresa: transformar conocimiento en algo que otra persona considera suficientemente valioso como para intercambiar dinero por ello.

Después de más de cuarenta años dirigiendo negocios, considero que esa capacidad para aprender sin esperar instrucciones se vuelve cada vez más importante. El mundo empresarial cambia a una velocidad donde ninguna universidad puede enseñarnos anticipadamente todo aquello que necesitaremos durante una trayectoria de varias décadas. La verdadera ventaja aparece cuando una persona aprende a aprender, busca información y experimenta hasta desarrollar una comprensión propia.

La lectura profunda puede contribuir extraordinariamente a esa capacidad. Hoy tenemos acceso inmediato a cantidades enormes de información, pero abundancia no necesariamente produce comprensión. Podemos consumir cientos de mensajes, videos y resúmenes y dedicar muy poco tiempo a permanecer sobre una idea hasta entenderla. Los relatos de la infancia de Musk muestran casi el fenómeno contrario: concentración prolongada sobre libros y enciclopedias en una época donde encontrar información requería mucha más paciencia.

No deberíamos idealizar aquella época ni pensar que el acceso digital representa un problema en sí mismo. La tecnología actual ofrece posibilidades extraordinarias. El reto consiste en enseñar a las nuevas generaciones a utilizar abundancia sin perder profundidad, porque la capacidad para mantener atención sigue siendo necesaria aunque la información se encuentre a un clic de distancia.

Los años escolares de Musk incluyeron también episodios difíciles de acoso. Sus familiares y distintos perfiles biográficos han documentado que su carácter introvertido y algunas de sus conductas lo colocaron en situaciones complicadas con compañeros. No considero responsable intentar convertir esas experiencias en una explicación psicológica simple de su comportamiento adulto. Las personas son demasiado complejas para semejante reducción. Sí podemos reconocer que una infancia donde alguien pasa mucho tiempo refugiándose en conocimiento puede fortalecer una relación intensa con su mundo intelectual.

La decisión posterior de abandonar Sudáfrica y trasladarse a Canadá representa otro tipo de formación. Cambiar de país siendo muy joven significa abandonar referencias, relaciones y certezas. Musk realizó trabajos poco relacionados con la vida empresarial que posteriormente desarrollaría y tuvo que construir una nueva etapa desde un entorno distinto. Ese tipo de experiencia puede enseñar algo que considero muy valioso: nuestra identidad profesional no tiene que estar completamente definida a los diecisiete o dieciocho años.

En las familias empresarias podemos caer en la tentación de diseñar demasiado pronto la trayectoria de los hijos. Elegimos escuelas pensando en la empresa, imaginamos la carrera que debería estudiar cada uno y proyectamos responsabilidades futuras antes de saber realmente cuáles serán sus intereses. Creo que debemos proporcionar estructura y oportunidades, pero también suficiente espacio para que descubran capacidades que quizá no coincidan con nuestra primera idea.

La curiosidad auténtica resulta difícil de imponer. Podemos obligar a alguien a estudiar determinada materia, pero no fabricar fácilmente la obsesión que lleva a una persona a continuar investigando cuando nadie la está evaluando. Por eso conviene observar dónde aparece naturalmente esa energía. Allí puede existir una señal sobre actividades donde el esfuerzo será sostenible durante años.

También me interesa la relación entre la lectura y el pensamiento a largo plazo. La ciencia ficción, que Musk leyó ampliamente, obliga a imaginar realidades que todavía no existen y a pensar en consecuencias derivadas de cambios tecnológicos. No necesitamos convertirnos en lectores de ese género para dirigir una empresa, pero sí debemos mantener algún mecanismo que nos obligue a salir mentalmente del presente. El empresario que únicamente observa las necesidades actuales puede administrar correctamente y descubrir demasiado tarde las transformaciones que están formando el siguiente mercado.

Después de más de cuatro décadas en construcción industrial, he comprobado que imaginar el futuro no significa adivinarlo. Consiste en considerar posibilidades y construir suficiente flexibilidad para responder. Un proyecto que comienza hoy quizá operará durante décadas; una empresa que queremos transmitir a nuestros hijos tendrá que funcionar bajo condiciones que nosotros no conoceremos. Pensar más allá del siguiente ejercicio financiero es una responsabilidad patrimonial.

La historia temprana de Musk también permite reflexionar sobre algo que no deberíamos copiar ciegamente: la intensidad extrema. La capacidad para concentrarse obsesivamente puede producir resultados extraordinarios y también generar costos personales. Cuando contamos historias de empresarios famosos tendemos a seleccionar únicamente aquello que explica el éxito y dejamos fuera las dimensiones más difíciles de sus estilos de vida. Para formar a las siguientes generaciones resulta más responsable presentar el cuadro completo y permitir que aprendan principios sin sentir que tienen que imitar una personalidad.

Lo valioso, desde mi perspectiva, está en la curiosidad, la disposición a aprender por cuenta propia, la capacidad de transformar conocimiento en creación y el valor para cambiar de entorno cuando la vida exige construir una etapa nueva. Ninguna de esas características garantiza éxito y tampoco pertenece exclusivamente a grandes empresarios. Son capacidades humanas útiles en prácticamente cualquier actividad.

Antes de cualquier compañía famosa existió un niño que leía intensamente, una computadora que despertó su interés y un pequeño programa que consiguió vender. Mirado desde allí, el caso de Elon Musk recuerda algo que vale la pena transmitir a nuestros hijos: los grandes proyectos futuros muchas veces comienzan cuando alguien todavía no sabe que está construyendo su futuro y simplemente sigue una curiosidad con suficiente profundidad como para convertirla en capacidad.

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